
Hay historias que parecen sacadas de los guiones de Hollywood y ésta es una de ellas.
Mientras el discurso oficial en Estados Unidos insiste en que la crisis de las drogas tiene un origen único y extranjero, la evidencia cuenta algo más complejo -y más cercano-.
En un condado rural de California, lejos de cualquier frontera, autoridades desmantelaron un laboratorio de metanfetaminas con más de una tonelada de droga.
No es un caso aislado: en poco más de un año, se documentaron al menos 18 laboratorios clandestinos dentro del propio territorio estadunidense.
Algunos operaban en sótanos familiares, otros en garajes o incluso en oficinas registradas como negocios legítimos. En muchos de estos casos, quienes estaban detrás no eran extranjeros, sino ciudadanos o residentes estadunidenses.
Personas que, como en uno de los ejemplos más inquietantes, llevaban una doble vida: consejeros de jóvenes de día, fabricantes de fentanilo por la noche. Y no, no estamos hablando de la serie Breaking bad.
Los datos reflejan una contradicción difícil de ignorar. Mientras el relato político apunta hacia afuera, hacia México específicamente, la producción también ocurre dentro.
Hay laboratorios capaces de fabricar miles de pastillas por hora, con suficiente sustancia para provocar tragedias a gran escala.
Reflexión para el café de la mañana: ¿Las preguntas que hace EU no tendrían que cambiar?. Ya no es sólo de dónde vienen las drogas, sino por qué se siguen produciendo, quién las fabrica y qué partes de la realidad se eligen contar…y cuáles se omiten. A veces, el problema no está en otro lado, sino en casa.
El semanario de Coahuila

